MADRID OCULTO

CUANDO LOS MONSTRUOS HABITABAN MADRID

Os propongo un viaje en el tiempo, sin movernos de la capital. Vayamos con nuestra imaginaria máquina del tiempo a un momento en el que criaturas de tamaños imponentes e impresionantes campaban a sus anchas por Madrid. Por aquel entonces Madrid estaba muy cambiado, irreconocible. Los edificios brillaban por su ausencia y  también el asfalto. De hecho, ni siquiera habían hecho acto de presencia los homínidos (para su suerte). Es decir, el viaje que vamos a realizar es a una época antiquísima. Os propongo, por tanto, que vayamos al Madrid de hace 9 millones de años (en adelante m.a.).

Nos hallamos en el periodo conocido por los geólogos como Mioceno (25 m.a. – 5 m.a.). Madrid albergaba por aquel entonces un entorno similar al de las sabanas africanas: extensas praderas que se perdían en el horizonte salpicadas por algún que otro parche forestal, arbustos y lagos. El clima también divergía del actual, siendo más cálido y húmedo y en el que se alternaban estaciones húmedas con estaciones secas. Estas condiciones fueron propicias para que diversas especies de animales, que darían algún que otro susto importante a cualquier viandante del siglo XXI, se estableciesen.

El hueso del pene o báculo de los osos madrileños del Mioceno, que dobla en tamaño al de los osos actuales.

Por estas latitudes habitaron especies que hoy destinaríamos a otras partes del mundo sin ningún atisbo de duda, como hienas, antílopes, rinocerontes, jirafas, pigargos. También dejaron su huella grandes depredadores como los osos extintos de la especie Indarctos arctoides o los tigres dientes de sable de la especie Machairodus aphanistus, igual de grandes y pesados que un león actual, con unos caninos tan imponentes que dan la sensación de poder partir por la mitad a cualquier presa. Felinos que, por cierto, se extinguieron hace tan solo 11000 años, por lo que seguramente nuestros antepasados tuvieron la mala suerte de tener que encontrarse de vez en cuando con estos temibles depredadores y competir con ellos por las presas.

¿Y cómo sabemos que estos animales habitaron Madrid en épocas tan pretéritas? Para responder a esta cuestión, tenemos que volver a tiempos más recientes, concretamente a 1991. Aquel año se hizo un descubrimiento sorprendente en el municipio madrileño de Torrejón de la Calzada. Y como todo buen descubrimiento, fue una serendipia. El 12 de julio de 1991, el periodista Vicente González Olaya publicó un artículo preocupante en El País al que tituló: Una prospección minera destruye dos esqueletos completos de animales del mioceno medio. En suma, lo que relata Olaya es la destrucción de varios restos fósiles en el Cerro de los Batallones* por unas prospecciones mineras que estaba llevando a cabo la compañía Tolsa en la zona en busca de sepiolita, un mineral con una importante capacidad de absorción y que se emplea por ejemplo en las camas de los gatos. Los testimonios de algunos trabajadores llamaron la atención de la comunidad científica, pues describían esqueletos fosilizados excelentemente conservados (hasta que las máquinas les pasaron por encima). Así que rápidamente un equipo de expertos del CSIC (Centro Superior de Investigaciones Científicas) encabezado por el paleontólogo Jorge Morales se puso en marcha para intentar subsanar el destrozo y recuperar los restos fósiles en la medida de lo posible.

El paleontólogo Jorge Morales, quien junto a sus colegas ha arrojado brillante luz sobre Batallones.

No tuvieron que pasar demasiadas horas para que el equipo de científicos se diese cuenta de que aquel yacimiento no era uno cualquiera. Los días siguientes, la tierra comenzó a escupir una insólita cantidad de huesos de mamíferos carnívoros. Los primeros restos correspondían a amphycionidos, una especie de híbridos de oso y lobo, lo cual ya era significativo, pues estos carnívoros se extinguirían poco después, por lo que estaríamos hablando de los últimos representantes. Las excavaciones continuaron durante todo el mes de julio y siguieron dando sorpresas. Los restos de amphyciónidos dieron lugar a los de tigres dientes de sable, de los que aparecieron dos especies: el anteriormente mencionado M. aphiastus y otro espécimen más pequeño, del tamaño de un leopardo, conocido como Paramachairodus ogygia, lo cual resultaba excepcional, pues es difícil toparse con los restos de estos animales y más en un estado de conservación tan bueno. Que se encontrasen estas dos especies en el mismo yacimiento daba pistas del tipo de ecosistema que existía en el Madrid del Mioceno. Hay que tener en cuenta que estos animales competían entre sí por las presas y que, como muchos felinos actuales, acechaban entre la vegetación antes de lanzarse a la acción, por lo que si ambas especies coexistieron es porque existía la suficiente cobertura vegetal que aseguraba el acceso al alimento y que ayudaba a evitar los enfrentamientos directos. De hecho, los paleontólogos piensan que el cambio climático y de vegetación que ocurrió tiempo después habrían sido las causas de la desaparición de estos felinos y de la predominancia de otros.

Reconstrucción ósea de un impresionante tigre dientes de sable en posición de ataque.

Con aquellos primeros resultados, el yacimiento ya se antojaba único por la gran cantidad de fósiles de mamíferos carnívoros, pero aún existía una incógnita por resolver: ¿Por qué se acumularon tantos carnívoros en aquel cerro? Porque se estima que cerca del 90% de las especies encontradas son carnívoros. La respuesta la aportó el geólogo Pablo G. Silva. Parece ser que todos estos animales fueron víctimas de una trampa natural. Debido a la erosión por el agua de la sepiolita del cerro, se generaron una serie de túneles y cuevas que, a modo de aljibes, almacenaban agua (un proceso denominado piping). Estos depósitos atraían a los sedientos carnívoros, que necesitaban satisfacer sus necesidades hídricas después de pegarse un festín. Parece que la entrada a estas cavidades no era fácil, pero menos lo era retornar a la superficie, así que los animales que visitaban estas cuevas allí se quedaban para el resto de sus vidas. Las condiciones climáticas y de humedad de ese mundo subterráneo permitieron que muchos de estos animales se conservasen perfectamente. Es raro que estas dos condiciones, la tunelación del cerro y la perfecta fosilización de los animales, se den conjuntamente, lo que hace de estos yacimientos según los expertos un caso único.

Las excavaciones continuaron y las sorpresas también. A comienzos de este siglo se encontró otro yacimiento con restos de multitud de especies: Batallones 2. No obstante, de entre todas ellas destacaban los gigantescos cráneos, colmillos y mandíbulas de mastodontes, elefantes primitivos de tamaño considerable. A día de hoy existen 10 yacimientos dispersos por el cerro, todos ellos de una calidad inigualable. No por nada han sido declarados Bien de Interés Cultural. El inestimable trabajo de los paleontólogos y geólogos ha aportado datos fundamentales para comprender la composición faunística de aquel periodo del Mioceno y la transición del Mioceno medio al Mioceno superior.

Restos de la mandíbula inferior y de los colmillos de un mastodonte madrileño.

Para los interesados, cada año hacen un par de jornadas de puertas abiertas para visitar los yacimientos. Asimismo, desde enero de 2018 hasta el 11 de noviembre se muestra al público la exposición La colina de los tigres dientes de sable en el Museo Arqueológico Regional de Alcalá de Henares, coincidiendo con el 25 aniversario de los descubrimientos. Como es una oportunidad única para aprender más sobre esta maravilla paleontológica, allí fui con mi compañera de viajes. Y lo cierto es que valió la pena, pues pudimos ver con nuestros propios ojos las reconstrucciones fósiles y los restos originales de las especies más emblemáticas de los yacimientos, acompañados de ilustraciones que dejaban poco a la imaginación.

Ya en la entrada, unas mandíbulas amenazantes con esos gigantescos y afilados colmillos característicos de un tigre dientes de sable da la bienvenida al curioso que se acerca a ver la exposición. Después de recorrer algunos carteles y pantallas interactivas con información geológica sobre el cerro de los Batallones, llegamos al verdadero tesoro de la exposición. La verdad es que contemplar el esqueleto de un tigre dientes de sable en actitud agresiva simulando que se va a abalanzar sobre alguna presa impacta, independientemente de si tiene el tamaño de un león o la forma más estilizada de un leopardo (ambas especies están representadas en la exposición). El realismo de las reconstrucciones ayuda a dilucidar cómo cazaban estos animales: inmovilizaban a sus presas con sus potentes garras y les seccionaban o rompían el cuello con sus caninos. Una escena propia de una película gore. Asimismo puede contemplarse las adaptaciones que hicieron de estos animales unos depredadores tan eficaces. Sus esqueletos les permitían acelerar súbitamente y atrapar rápidamente a sus víctimas. Cesaban su persecución si el esfuerzo se prolongaba demasiado. Aunque lo cierto es que eran animales pesados, incapaces de subirse a un árbol, por lo que pasaban toda su vida en el suelo.

Después de ver la reconstrucción de los tigres dientes de sable, sus cráneos y sus temibles garras, el visitante podrá ver los restos de los herbívoros de Batallones y algún que otro carnívoro. Entre ellos está el fósil de un caballo extinto del género Hipparion sp. En Batallones 10 se encontraron individuos de prácticamente todos los estadios vitales, incluyendo algunos huesos de un feto que se especula pudo haber estado todavía en el vientre de su madre. Aunque lo que más llama la atención del visitante son, claramente, los restos de los titanes del Mioceno. En la exposición se muestra el gigantesco caparazón de una tortuga Titanochelon sp. Su nombre científico lo dice todo de ella. Asimismo se pueden disfrutar los colmillos y la mandíbula inferior de un Tetralophodon longirostris, un mastodonte, majestuoso ancestro de los elefantes actuales. También se puede ver el báculo, es decir, el hueso del pene, de un oso primitivo Indarctos arctoides que da idea de cómo era su tamaño corporal comparado con el de los osos actuales. Prácticamente, este hueso dobla en longitud al báculo de los osos con los que convivimos actualmente.

El autor junto a un enorme caparazón de Titanochelon sp., la titánica tortuga del Mioceno.

Como vemos, el subsuelo de Madrid aun guarda numerosos misterios. Enigmas que nos ayudan a comprender tanto nuestro pasado como el de otras especies. Y como buenos misterios, se esconden a nuestras percepciones, esperando a que la intución o las herramientas del experto los saquen a la luz.

Imaginar que hemos llegado a convivir con algunas de estas criaturas da escalofríos. Aunque quizás sean infundados, pues muchos de aquellos monstruos del pasado desaparecieron porque este mono sin pelo les dio caza.

Quiero dar gracias infinitas al administrador de Madrid Oculto, Juan Miguel Marsella Crisóstomo, por darme la oportunidad de colaborar en su página web y divulgar los misterios que guarda Madrid. También se las quiero dar a mi compañera de viajes, Carol Martínez, co-administradora junto a un servidor del blog “periergeia.org”, quien me descubrió la fascinante historia del yacimiento del cerro de los Batallones.

*El nombre hace referencia a las agrupaciones de olivos, conocidas como «batallones» en la región.

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